Misioneras Mater Misericordia

Hemos sido llamadas a sumergirnos en la experiencia de un
Dios que nos ha mostrado su amor de Misericordia,
amándonos así, tal como somos.
Es en ese amor donde nos recrea y transforma.

Os daré un corazón nuevo, u os infundiré un espiritu nuevo:
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré
un corazón de carne. Ez 36, 26

Nuestro carisma se nutre de esta acción de Dios en nosotras. Él nos da un corazón nuevo para renovar este mundo envejecido.

Cada día vivimos el encuentro de la Misericordia con la miseria.
En el abrazo entrañable del Padre, restauradas en Cristo y
revestidas de él, por la acción de su espíritu, renacemos cada día
con renovado entusiasmo.

Pues “sólo quien ha sido tocado, acariciado por la ternura
de la misericordia, puede experimentar el gozo y la alegría
de conocer realmente al Señor”

De allí brota todo nuestro impulso y fecundidad apostólica.
Queremos mostrar a toda la humanidad el rostro de la
Misericordia, con la ternura y el cariño de una madre”

Is 66, 13: “como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo”

Por eso María es nuestro ejemplo;
ella, que, por su disponibilidad, permitió que el Espíritu formara en su seno el rostro de la Misericordia de Dios en Jesucristo.

Queremos que el rostro de su Hijo se encarne día a día en nuestros pensamientos, palabras y obras y acoger así con responsabilidad el mandato que el señor nos hace: “He ahí tu hijo” acógelo con la ternura de una madre, con mi amor de misericordia.

Hemos sido llamadas a sumergirnos en la experiencia de un Dios que nos ha mostrado
su amor de Misericordia,
amándonos así, tal como somos.
Es en ese amor donde nos recrea y transforma.

Os daré un corazón nuevo, u os infundiré un espíritu nuevo:
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.
Ez 36, 26


Nuestro carisma se nutre de esta acción de Dios en nosotras.
Él nos da un corazón nuevo para renovar este mundo envejecido.

Cada día vivimos el encuentro de
la Misericordia con la miseria.
En el abrazo entrañable del Padre,
restauradas en Cristo y revestidas de él,
por la acción de su espíritu, renacemos cada día con renovado entusiasmo.

Pues
“sólo quien ha sido tocado, acariciado por la ternura de la misericordia,
puede experimentar el gozo y
la alegría de conocer realmente al Señor”

De allí brota todo nuestro impulso y fecundidad apostólica.
Queremos mostrar a toda la humanidad el rostro de la Misericordia, con la ternura de una madre

Is 66, 13: “como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo”

Por eso María es nuestro ejemplo;
ella, que, por su disponibilidad, permitió que el Espíritu formara en su seno el rostro de la Misericordia de Dios en Jesucristo.

Queremos que el rostro de su Hijo se encarne día a día en nuestros pensamientos, palabras y obras y acoger así con responsabilidad el mandato que el señor nos hace: “He ahí tu hijo” acógelo con la ternura de una madre, con mi amor de misericordia.